Los disruptores endocrinos, contaminantes hormonales

En la actualidad, nos vemos expuestos a un gran número de compuestos químicos, naturales y artificiales, que han pasado a formar parte intrínseca de nuestra alimentación, de la industria agrícola, de la construcción, de la industria de plásticos, etc.). Desgraciadamente algunas de estas sustancias tienen la capacidad de interferir en la síntesis, metabolismo y acción de ciertas hormonas, tanto en animales como humanos.  Estos compuestos se conocen como disruptores endocrinos.

Se descubrieron en los años 50 en EEUU cuando se comenzó a observar que grandes aves, como los pelícanos, aplastaban sus huevos al incubarlos porque tenían una cáscara anormalmente fina. Se descubrió que el culpable era un pesticida que se usaba en la época, el DDT, muy utilizado para garantizar la supervivencia de ciertos cultivos a las plagas y el fin de los mosquitos que transmitían la malaria en Europa. Este compuesto sin embargo interfería con las hormonas que fijaban calcio en las cáscaras de los huevos de estas aves(1).

Muchas sustancias como estos pesticidas ya no están permitidas por el daño potencial que producen a humanos, animales, y al medio ambiente, pero aun así no estamos a salvo de todos los disruptores endocrinos. Podemos encontrarlos en objetos de nuestra vida diaria como en alimentos (principalmente a través de los pesticidas y fungicidas), latas, cosméticos, recipientes de plástico, solventes y lubricantes, cremas solares

Desequilibrios hormonales que ponen en peligro nuestra salud

Por su acción a nivel hormonal, los disruptores endocrinos pueden desequilibrar aquellos sistemas dependientes de regulación de hormonas, principalmente el sistema reproductor, pero también tienen efectos a nivel neuroendocrinológico, metabólico, tiroideo, cardiovascular, etc.

El efecto más notable es el observado hacia las hormonas sexuales, por lo que muchos de los trastornos aparecen a nivel de los órganos sexuales (testículos, útero, próstata, ovarios, glándulas mamarias, etc.). Ejemplos son los quistes, malformaciones en el desarrollo, desórdenes de ovulación y cáncer. Se relaciona también con los disruptores endocrinos la bajada de calidad del esperma poblacional y la mayor incidencia de casos de infertilidad en las últimas décadas(2).

Aunque no esta demostrado en humanos, los disruptores endocrinos también podrían estar relacionados con el desarrollo creciente de alergias. Los esteroides participan en la regulación del sistema inmune por lo que su desequilibrio también podría alterar secundariamente procesos inmunitarios. Algunos disruptores como el BPA, presente en algunos plásticos, pueden aumentar la síntesis de IL-4 en ratones, una interleuquina relacionada con reacciones alérgicas. Esta subida de IL-4 provoca una mayor producción de IgE, que son anticuerpos para luchar contra los alérgenos(2).

¿Por qué es tan importante tener a los disruptores endocrinos en cuenta? Cada vez se observan más casos de desórdenes endocrinos tanto en humanos como en animales relacionados con la creciente cantidad de sustancias descubiertas en laboratorio con efectos disruptores. El uso de muchas de estas sustancias está permitido aún, por lo que es nuestra responsabilidad ser precavidos y evitarlos en la medida de lo posible(3).

Algunos consejos que os damos para evitarlos en vuestro día a día son: lavar o pelar la fruta y verdura que se vaya a consumir, no conservar sobras de comida enlatada dentro de la lata y evitar rellenar, calentar o congelar recipientes de plástico con alimentos dentro y sustituirlos por recipientes de cristal u otros materiales seguros.

Bibliografía

  1. Pescador, D. Evita los disruptores endocrinos: BPA. In eldiario.es [en línea]. Consultado el 12 de julio de 2018 [https://www.eldiario.es/tumejoryo/estar_bien/disruptores-endocrinos-BPA_0_709379302.html]
  2. Chalubinski, M. & Kowalski, M. L. Endocrine disrupters – Potential modulators of the immune system and allergic response. Allergy Eur. J. Allergy Clin. Immunol. 61, 1326–1335 (2006).
  3. Soares, D. A. et al. Epidemiologia e indicadores de saúde. Ciência & Saúde Coletiva 16, (2014).

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