El tejido graso o adiposo, aunque popularmente se le conoce como un almacén de grasa corporal, en realidad es un tejido activo con múltiples funciones que también se ve implicado en procesos inflamatorios .1

Los adipocitos son las células que componen principalmente este tejido. Se caracterizan por tener la capacidad de almacenar gotas de grasa o lípidos en su interior. Por esta capacidad se les conoce como un buen almacén de energía pero, como detallaremos más adelante, también es un órgano endocrino con capacidad de sintetizar hormonas que regulan nuestro apetito y otras sustancias muy importantes para el correcto funcionamiento del organismo.

Tenemos dos tipos de tejido adiposo:

  • Tejido adiposo blanco: adipocitos blancos con una gran gota lipídica en su interior que prácticamente ocupa toda la célula. Es el tejido adiposo más abundante y es el que trataremos en este post.

  • Tejido adiposo marrón: adipocitos marrones con gotitas de grasa y más espacio intracelular. Su función es producir calor y abunda en mamíferos que hibernan y en recién nacidos, pero tiene poca presencia en humanos adultos.

Envían importantes mensajes a nuestro cuerpo

Existe una comunicación cruzada entre tejido adiposo y sistema inmune gracias a que los adipocitos son capaces de segregar sustancias mensajeras, como las adipoquinas (que son específicas de este tejido), las citoquinas y quimiocinas entre otras. Estas sustancias principalmente tendrán efecto proinflamatorio o antiinflamatorio.1

Entre las adipoquinas encontramos la leptina y la adiponectina. La leptina es una hormona que regula el apetito mientras que la adiponectina tiene efecto antiinflamatorio, cardioprotector, anticancerígeno y mejora la sensibilidad a la insulina en el hígado, músculo y en los propios adipocitos.2

Los adipocitos también segregan la IL-15, que es necesaria para el correcto desarrollo de las células Natural Killer, un tipo de linfocito.3

Pueden enviar mensajes dañinos en la obesidad

Con la obesidad se desarrolla una inflamación crónica debido al aumento de la masa del tejido adiposo, que se produce por la hipertrofia o hiperplasia de los adipocitos.1 La hiperplasia es el aumento del número de adipocitos y solo se da en algunas fases de la vida, como por ejemplo en la infancia o en el embarazo, mientras que la hipertrofia se produce cuando aumentan de tamaño (por almacenar más grasas) y puede darse a lo largo de la vida. La leptina se segrega proporcionalmente a la cantidad de tejido adiposo, así que, con la obesidad, los niveles en sangre de esta molécula aumentan. Los niveles excesivamente elevados de leptina provoca la inhibición de la adiponectina, desencadenando un efecto inflamatorio.

Sin el efecto antiinflamatorio de la adiponectina los adipocitos segregan citoquinas proinflamatorias, como la IL-6 o el TNF-α. También los monocitos son atraídos hacia el tejido adiposo y se diferencian en macrófagos, potenciando la respuesta inflamatoria1, 2 En consecuencia, con el tiempo, la inflamación crónica en la obesidad nos hace más propensos a desarrollar enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo II y cáncer.1, 2

Por lo tanto el tejido adiposo no es perjudicial como a veces se piensa, sino que cumple una función esencial en nuestro organismo siempre y cuando no sobrepase un volumen excesivo.

Bibliografía

  1. Fantuzzi, G. Adipose tissue, adipokines, and inflammation. J. Allergy Clin. Immunol. 115, 911–920 (2005).
  2. Divella, R., De Luca, R., Abbate, I., Naglieri, E. & Daniele, A. Obesity and cancer: The role of adipose tissue and adipo-cytokines-induced chronic inflammation. J. Cancer 7, 2346–2359 (2016).
  3. Liou, Y.-H. et al. Adipocyte IL-15 Regulates Local and Systemic NK Cell Development. J. Immunol. 193, 1747–1758 (2014).

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